ENTREVISTA A PATRICIA CASTRO OBANDO
INFORMACIÓN BIOGRÁFICA: Patricia Marina Castro Obando, corresponsal del diario El Comercio, nació el primero de noviembre de 1967. Cursó estudios de Lingüística y Literatura, en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y Medicina Veterinaria en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Realizó una maestría en Comunicaciones y siguió diversos cursos de especialización en Inglaterra, Estados Unidos y China. Actualmente, se desempeña como corresponsal del diario El Comercio para China y el continente asiático.

Periodista, viajera y humanista, Patricia Castro Obando es, en la actualidad, una exitosa corresponsal del diario El Comercio en Beijing, China. Pertenece a una reducida elite de hombres y mujeres de prensa, especializados en la cobertura en zonas de guerra. Su valiente labor en Afganistán e Irak quedó plasmada en una serie de crónicas e imágenes fotográficas, testimonios imprescindibles sobre 2 de los conflictos armados más importantes de los últimos tiempos. Patricia es una mujer que no le teme a la muerte por una sencilla razón: ama su vida.
En los últimos 7 años, has visitado Asia, Estados Unidos, Europa y el Oriente Medio; has cubierto las guerras en Afganistán (2001) e Irak (2003); actualmente, trabajas para El Comercio enviando despachos desde China. ¿Cuando ingresaste a la PUCP imaginabas que tu vida sería así de intensa? No, definitivamente no. Ingresé en 1989. Quería estudiar literatura. No sabía, exactamente, por qué ni a dónde me llevaría eso, pero tampoco me importaba.
¿No pensabas, eventualmente, dar el salto al periodismo? No. Nunca pensé que la literatura me serviría para el periodismo. Lo único que me interesaba, en ese momento, era estudiar literatura para tener más recursos para escribir. Me gustaba mucho leer y escribir. Quería contar con herramientas para ello. Lo único que tenía claro era que quería leer y escribir mucho. Ni siquiera tenía claro en qué trabajaría. Muchos me lo preguntaban y yo no sabía qué responder.
¿Cuál es el recuerdo más grato que guardas de Estudios Generales Letras? No puedo imaginar a la PUCP sin EE.GG.LL. Allí aprendí un poco de cada cosa, y llené los muchos vacíos que deja la educación escolar. Uno de mis cursos favoritos era Realidad Social Peruana.
¿Cuál es el recuerdo más grato que guardas de la Facultad de Humanidades? Cuando terminé en EE.GG.LL. no quería pasar a Facultad. Sabía que nunca más tendría la oportunidad de estudiar sobre tantas y tan distintas materias al mismo tiempo y con un nivel de exigencia y calidad docente tan altos. Me daba mucha pena dejar EE.GG.LL. Si hubiera una carrera llamada Estudios Generales Letras la hubiera tomado en seguida. En Facultad, la lingüística me dio una base importantísima. Luis Jaime Cisneros es uno de los profesores que recuerdo con más afecto y admiración. En aquella época, él enseñaba varios cursos.
Tengo entendido que tu carrera de periodismo comenzó con unas prácticas en el diario El Comercio. ¿Cómo llegaste a trabajar allí y qué te pareció? Llegué por casualidad. Gané un concurso de ensayos. En la premiación, uno de los jurados se me acercó para preguntarme si me interesaba hacer prácticas en El Comercio. Yo estaba escéptica, pero él insistió. Me puso en contacto con un conocido que trabajaba en el departamento de recursos humanos de El Comercio. Cuando me reuní con él para la entrevista, le dije muy claramente que no sabía nada de periodismo. Creo que le gustó mi sinceridad (risas). Me dijo que necesitaban gente con conocimientos en humanidades para apoyar en la sección cultural. Hablamos sobre diversos temas y, finalmente, me contrató. Empecé a trabajar en el verano de 1994. Tuve algunos problemas con la jerga periodística. Una vez, una encargada de la sección me pidió que escribiera una leyenda para una foto que iba a ser publicada. Pregunté qué tipo de leyenda quería ¿una leyenda griega?, ¿andina? Ella se rió. ¡No sabía que, en jerga periodística, la ‘leyenda’ es, simplemente, una frase que explica el contenido de la foto! En esos meses aprendí mucho; especialmente, jerga periodística (risas). Le puse mucho empeño, el horario era de ocho a cinco, pero yo llegaba a las siete y me iba a las diez de la noche. Sentía que había demasiado por aprender. Quería aprovechar al máximo la experiencia de mis prácticas. Si me habían contratado, era porque esperaban que rindiera como los periodistas. Sabía que debía esforzarme igual o más que los periodistas. Excusarme en el hecho de no haber estudiado comunicaciones no era una opción.
Estoy seguro de que los profesores que tuviste en la PUCP se sentirían muy orgullosos de escucharte hablar así. No sé, supongo (risas).
Parece que hubieras planeado ese discurso. ¡Nooo! (más risas).
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el mundo y las vidas de muchas personas ¿Dónde estabas ese día y qué significó para tu vida profesional? Estaba estudiando becada en Taiwán. La constante en mi vida es una sensación de que tengo demasiadas cosas por aprender, que sé muy poco. Eso me motiva a querer aprender más y más. Aquel día de septiembre, yo ya llevaba tiempo trabajando en El Comercio y tenía una maestría en Comunicaciones [en la PUCP]. También había conseguido becas y viajado por varios países. Una de esas becas fue para ir a Taiwán a estudiar Religiosidad en el Oriente. Allí, el mismo 11 de septiembre, cuando las noticias de los atentados acababan de dar la vuelta al mundo, recibí un correo de Virginia Rosas, editora de Mundo en El Comercio. No la conocía personalmente. Me dijo que yo era la persona que tenían más cerca de Afganistán. Hasta entonces, había orientado mi carrera hacia el periodismo cultural.
¿Esperabas ser llamada por El Comercio para una tarea tan peligrosa como la de ir a Afganistán en vísperas de la invasión militar norteamericana? Yo no era especialista en la cultura o la historia afganas, ni en el periodismo en zona de conflictos. No pensaba que me llamarían para ir a Afganistán, pero sí tenía la sensación de que me estaba preparando para “algo”. No sabía para qué, pero mis instintos me decían que cuando ese “algo” sucediera, yo debía estar preparada. Toda mi carrera es una mezcla de suerte y empeño. Muchas cosas importantes en mi vida han sido cuestión de suerte. Cuando surgen las oportunidades, las tomo y doy mi mejor esfuerzo, así de simple. Acepté de inmediato la propuesta de Virginia para ir a Afganistán. Me gustan los retos.
¿Había tropas extranjeras cuando lograste ingresar a Afganistán? Para empezar, no sabía cómo ingresar a Afganistán. En el camino, me fui informando: revisaba mapas, conversaba con gente que hablara inglés. La Afganistán del Talibán era una de las naciones más cerradas del mundo y no era fácil entrar. En ese momento, solo el consulado afgano en Pakistán estaba abierto. Hacia allá me dirigí. Llegué a Islamabad, la capital, y luego a una ciudad de la frontera norte. Por lo que había leído, era más difícil ingresar por la frontera sur. De hecho, creo que ese lado de la frontera nunca se abrió. Si hubiera intentado ingresar por ese sector, me hubiera quedado allí, esperando hasta el día de hoy (risas). Me instalé, junto con muchos otros periodistas, en una ciudad de la frontera norte llamada Peshawar. Allí esperamos el momento en el que la frontera se abriera para ingresar a Afganistán. Finalmente, la frontera se abrió el día en que cayó el régimen Talibán. Los periodistas comenzamos a entrar en caravanas. Eso fue en noviembre [del 2001]. Hasta entonces, nos habíamos limitado a informar, desde la frontera, sobre la avalancha de refugiados de guerra que huían de Afganistán.
Háblame sobre tu llegada a Afganistán. ¿Te fue difícil comunicarte, conseguir alojamiento, o contactos fidedignos en la zona? Cuando finalmente entramos, yo ya llevaba varias semanas en Pakistán observando, conociendo gente y enterándome de todo lo que podía. Mi intérprete hablaba cinco lenguas y yo me comunicaba con él en inglés. Para ese momento, ya tenía muy claro lo que debía hacer. Mi editora recibía cables de diversas agencias de noticias. Los hechos generales de actualidad ella ya los conocía. Tenía que informar sobre lo que no aparecía en los cables; no los grandes hechos de violencia, sino las historias humanas particulares. Eso es algo que no le llegaba, ni le iba a llegar jamás a mi editora, mediante cables. Empecé a escribir crónicas sobre esas personas anónimas que nunca aparecen en “la gran noticia”. Me dediqué a convivir con la gente, en la medida de lo posible, sorteando las obvias distancias culturales. Para mí las historias humanas son lo más importante de una guerra. La historia de quién gana o quién pierde o cuánto se gana o cuánto se pierde es algo que se cuantifica y registra en la historia oficial, y poco a poco se va olvidando. Pero las personas de carne y hueso, sus vidas y sus experiencias, son algo que me conmueve mucho y nunca lo olvido.
¿Tuviste algún problema por ser mujer en un país musulmán donde las mujeres eran, por decir lo menos, ciudadanas de segunda clase? ¡Bastantes! En primer lugar, los hombres musulmanes no me hablaban, especialmente las autoridades. Preferían hablar con periodistas hombres. Cuando yo les hablaba, ellos me ignoraban, era como si no existiera. Solo cuando mi intérprete [varón] les dirigía la palabra ellos respondían. Por supuesto, yo tenía que andar totalmente cubierta con una vestimenta similar a las de las mujeres de la zona. Pero había una parte positiva: al ser mujer podía estar con otras mujeres, algo que a ningún periodista [varón] se le habría permitido jamás. Por ser mujer me veían como un ser inofensivo y por eso, en ciertas circunstancias, yo podía acercarme un poco más. Algunas personas me ayudaban por el solo hecho de ser mujer. Sentían mucha pena de mí. Me decían cosas como: ‘Te van a matar en cualquier momento ¡Sal de acá! ¡Vete!’ Trataban de ayudarme, especialmente, porque era una mujer. Muchas de las cosas que yo conseguí, las conseguí por ser mujer. Yo no era un elemento perturbador para ellos. Los hombres me permitían hablar con sus mujeres y entrar a sus casas para conocer a sus mujeres e hijos. En estos casos, mi intérprete siempre se quedaba afuera, en la puerta. Algunas cosas marchaban a mi favor y otras en mi contra por el hecho de ser mujer.
¿Tuviste algún contacto con combatientes del movimiento Talibán? La gente del Talibán ya había huido así como sus simpatizantes, y todos trataban de pasar desapercibidos como refugiados en Pakistán. La Alianza del Norte ya había vencido y tenía un dominio casi total de la zona. Mi contacto con la gente del Talibán no fue en Afganistán, sino durante mi estadía [previa] en Pakistán. Todos los miembros o simpatizantes que vi eran refugiados que escapaban de Afganistán hacia Pakistán. Como dije, todos trataban de pasar desapercibidos, pero, cuando salían de las mezquitas, después de las oraciones de los viernes, se iban directo a los mítines. Cuando escuchabas lo que decían, se notaba que eran miembros del Talibán o simpatizantes del Talibán. Escuchaba sus planes, discursos y arengas contra Estados Unidos. En el mundo Musulmán la religión y la política están estrechamente vinculadas. Simplemente, no se entiende una cosa sin la otra.
Recuerdo que, en una de tus fotografías, un grupo de hombres afganos te apuntaban con sus rifles; y no estaban, precisamente, posando para la cámara. ¿Podrías hablarnos de ese incidente? No, no estaban posando para la cámara (risas). Acababa de ingresar a Afganistán. Estaba pasando por un pueblito llamado Jalalabad, en dirección a Kabul, la capital. Al llegar a este pueblito, me topé con muchos hombres armados. Eso no era ninguna novedad. Todos los hombres andaban armados. Deseaba entrar en algún lugar techado, el que fuera. Había un grupo de edificaciones que ellos parecían resguardar. Se me ocurrió pedirles el baño y me permitieron acceder a uno de estos cuartitos. Deseaba guarnecerme del calor. Estaba en medio del desierto ¡Era insoportable! Revisé mi cámara, la llevaba siempre colgada porque nunca sabes cuándo va a pasar algo que debas fotografiar. Cuando salí de este baño todos ellos me esperaban en la puerta apuntándome con sus rifles, exactamente, como los ves. Lo primero que pensé fue: “¡Esta es la foto perfecta!”. Les tomé una foto, luego otra y otra más. Todas las que pude. Algunos empezaron a sonreír. Ellos esperaban verme llorar. Se trataba de una broma cruel que les jugaban a todos los periodistas que pasaban por allí. Permitían el acceso a los periodistas a esos cuartitos para después acorralarlos y darles un susto inolvidable. Cuando esta “broma” terminó pude conversar un poco con ellos. Me dijeron que todos los periodistas que pasaban por allí terminaban de rodillas, llorando, pidiendo que les perdonaran la vida. Estaban sorprendidos por el hecho de que yo no llorara. Les dije que yo había llorado muchas veces en mi vida por otras cosas, pero que si me iban a matar, pues me mataban y punto. No había nada que hacer, pero mi foto iba a quedar, yo habría cumplido mi misión. Luego me dijeron lo que todo el mundo me decía, que por qué andaba sola, que me iban a matar en el camino. Estaban convencidos de que me iban a matar. Yo les decía que tenía que llegar a Kabul. Ellos me decían que no iba llegar, pero yo insistí en lo mismo. Finalmente, uno de ellos se ofreció para escoltarme a Kabul.

¿Cuál consideras que fue el momento más peligroso que tuviste que enfrentar en Afganistán? Cuando, finalmente, entré en Afganistán sabía que podía morir en cualquier momento. No sabría decirte si hubo un momento especialmente peligroso, cuando estuve allá. Puedes vivir o morir, tienes que aceptarlo. Creo que me daba más miedo no cumplir mi trabajo que salir muerta. Todos vamos a morir. Lo que realmente importa es lo que hagas en vida.
¿Cuál consideras que fue el momento más grato o satisfactorio? Las mujeres y los niños. Pude acercarme a ellos, conocer sus historias particulares. Pude preguntarles por qué llevaban velo o burqa. Conocer el mundo Musulmán a través de sus mujeres me hizo tener una mente más abierta.
En tu conferencia de 2003 en Petroperú, mencionaste algo realmente interesante: para las mujeres afganas no usar burqa es tan inadmisible como no usar ropa interior…. Cierto. Llegué con una mentalidad y me fui con otra. Yo, como toda mujer educada al estilo occidental, quería ser la libertadora de estas mujeres, quería ayudarlas a quitarse la burqa (risas). Pero eso era por mi concepción occidental del mundo. Para ellas usar la burqa era lo natural. Sus madres habían usado la burqa y sus abuelas también. No les fastidiaba, en absoluto, usar la burqa. Ese pedazo de tela no era lo que les quitaba la libertad, eran otras cosas. La burqa era su cultura, su identidad. Nosotros lo vemos como un signo de opresión, pero ellas no.
Se suele tachar a los corresponsales de guerra de temerarios, haciendo una generalización superficial. Tuviste oportunidad de conocer corresponsales de guerra de todo el mundo, con diferentes motivaciones para desempeñar su arriesgada labor. ¿Podrías hablarnos eso? Lo único que todos tienen, o tenemos, en común es el haberle perdido el miedo a la muerte. De otro modo, no podrían hacer el trabajo. Pero, más allá de este rasgo básico, encontré un abanico de personalidades. Conocí a Tim Mc Girk, quien escribe para Time, un tipo muy humanitario, dueño de sí, comprometido. Él está convencido de que su trabajo es un aporte a la paz. De él aprendí muchas cosas. Pero, también me topé con los temerarios que solo buscan la noticia porque sí, a ellos solo les interesa la adrenalina del asunto. Y hay otros que, simplemente, no están bien de la cabeza (risas). Una vez, vi una pelea por una computadora. Un corresponsal la estaba usando y otro le decía que ya la había usado mucho tiempo, que la necesitaba para enviar su despacho. Le gritó y, luego, terminaron el asunto a puñetazos. Creo que la mayoría era de los que no estaban bien de la cabeza (risas).
¿Cual consideras tu motivación particular para ser corresponsal de guerra? Creo que cada persona en el mundo tiene una misión. Yo sentía que mi misión era informar. Más allá de lo que pasara, si salía viva o muerta, tenía que cumplir mi misión. Mucha gente puso mucha confianza en mí para hacer ese trabajo. Yo quería hacer todo lo mejor posible. Si todo salía bien, más adelante se enviarán a más corresponsales. No por ser peruanos tenemos menos derecho a informar.
¿Cuánto tiempo permaneciste en Afganistán y cuáles consideras que fueron los hechos más importantes que debiste cubrir? En Afganistán pasé como tres semanas, el tiempo suficiente para entrar, llegar a la capital, reportear, y salir. Lo más importante para mí fue contar las historias de la gente que encontraba en mi camino. Al final, te das cuenta de que la gente de allá y la gente de acá, aunque sean de distintas culturas y piensen distinto, tienen en común los mismos sentimientos humanos. Las madres estaban preocupadas por sus hijos, les angustiaba saber si estaban vivos o muertos, los padres intentaban proteger a sus hijos, había niños que no sabían dónde estaban sus padres. A fin de cuentas, todos los seres humanos buscamos y queremos lo mismo: un poco de paz, prosperidad, tener trabajo, salir adelante y que se acabe todo.
¿Sientes que tu experiencia en zonas de guerra cambió en algo tu personalidad o tu manera de ver el mundo? Me hizo más tolerante. En realidad yo pensaba que era tolerante (risas). Cuando uno se sumerge en una cultura que no es la suya aprende a ser más tolerante.
Imagino que, de vuelta en Lima, reanudar tus labores en El Comercio pudo parecerte aburrido, después de estar en medio de una guerra. ¿Alguna vez, llegaste a extrañar Afganistán? Sí, mucho. Pero no me aburrí en El Comercio. Mi ciclo de guerra había terminado. Pero yo paraba pendiente de lo que pasaba en Afganistán. Ya era como mi segunda patria. Leía los cables, imaginaba Jalalabad, Kabul. Recordaba a la gente que había conocido allá, me preguntaba cómo estarían, si habrían bombardeado la zona donde vivían. Me preocupaba mucho.
La segunda guerra en el Golfo Pérsico no fue una sorpresa para nadie. Imagino que, esta vez, tuviste más tiempo para decidir y preparar tu segundo viaje a una zona de conflicto ¿Es cierto que recibiste entrenamiento militar para corresponsales de guerra? ¿En qué consistió? Fue una beca para estudiar eso en Londres, pero la parte práctica fue en una especie de villa, una instalación militar en Gales, aprendí mucho: cómo identificar un campo minado, cómo brindar primeros auxilios, cómo diferenciar distintos tipos de armas y municiones, cómo usar máscaras antigas para un ataque con armas químicas.

La última vez que hablamos, en febrero del 2003, estabas a la espera de que El Comercio diera luz verde para enviarte a Irak. ¿Qué opinaba tu familia al ver que volvías, literalmente, a la guerra? La primera vez que hice una corresponsalía de guerra, en Afganistán, mi familia no sabía nada. Solo se lo comuniqué a mi hermano y hermana. Les pedí que no le contaran nada a mí mamá. No había necesidad, pero, cuando empecé a enviar mis despachos, algunos de mis familiares se empezaron a enterar y fueron directo a mi mamá para preguntarle por mí. Ella no sabía nada, no podía creer que yo estuviera allá y no en Taiwán. Cuando volví, mi madre se sintió muy aliviada. Pensaba que esa era la última vez que lo hacía, pero yo le dije, claramente, que, si se me volvía a presentar la oportunidad, lo volvería a hacer, porque esa era mi vida y la misión que yo debía cumplir. Le dije que yo me sentía útil para eso. Es maravilloso cuando una descubre que es útil para algo. Le dije que eso era lo que yo quería hacer. Luego, llegó la guerra en Irak. Tuve que viajar a Jordania a esperar, otra vez, a que la frontera se abriera para ingresar a Irak. Para entonces, yo ya conocía el mecanismo de una guerra. La primera vez, no sabía nada del asunto y salí bien. Esta vez, iba completamente preparada. Le dije a mi madre que no me pasaría nada.
Existía una minoría católica en Irak con la que tuviste contacto ¿Podrías hablarnos de esa experiencia? Cuando ingresé por la frontera con Jordania, ya había caído el régimen de Saddam Hussein. Tal como sucedió en Afganistán, y como sucede en toda guerra, en general, hay que esperar a que uno de los dos bandos caiga. Ingresé rumbo a Bagdad. Mientras iba preguntando a la gente, me topé con un cristiano y este me puso en contacto con otros más. Incluso, llegué a conocer al obispo.
¿Cuál consideras que fue el momento más peligroso que tuviste que enfrentar en Irak? Movilizarme de un lugar a otro. Las tropas norteamericanas dividieron la ciudad en sectores. Había zonas cercadas de seguridad que ellos controlaban plenamente. Allí nos instalamos los corresponsales, pero cuando pasaba la cerca de seguridad y me encontraba cara a cara con los iraquíes, se percibía un clima de resentimiento por parte de ellos. Recuerdo que era el segundo día de la liberación y ya se sentía ese resentimiento en la gente. Pensaba que, si así estaba la situación el segundo día de la liberación, las cosas solo empeorarían con el tiempo. Conversando con ellos, me di cuenta de que aceptaban esta liberación, pero querían que las tropas se retiraran. Después de todo, ese era su país.
¿Cuál consideras que fue el momento más grato o satisfactorio? Igual que en Afganistán, mi contacto con los niños y las mujeres. Esas cosas te marcan. Ver a todas esas madres que se me acercan con las fotos de sus hijos para preguntarme si los había visto. Me dolía mucho decirles que no. Ellas me preguntaban con mucha ilusión. Les decía que no estaba segura y eso les daba cierta esperanza. A veces, me preguntaban si tenía cámara [de video] para preguntar por ellos. Era una desesperación terrible. También pude ver cómo las mujeres se iban uniendo y organizando para alimentar a sus niños, para protegerlos. Fue muy impresionante.
¿Es cierto que un par de soldados norteamericanos intentaron venderte la cabeza de una de las estatuas derribadas de Saddam Hussein? No eran soldados norteamericanos. Eran iraquíes que trabajaban para los norteamericanos. Muchas estatuas se habían derribado tras la ocupación. Había estatuas de Saddam Hussein por todas partes. Un día, pasaba por una calle y me detuve para ver de cerca una estatua derribaba y decapitada. Se me acercaron estos hombres y me la ofrecieron por una cantidad de dinero. Fingí interés y empecé a regatear. Recuerdo que pesaba muchísimo. Pero ¿qué iba a hacer con una cabeza de Saddam Hussein en el aeropuerto? Por último, solo me tomé una foto con la cabeza.
¿Y no te cobraron por la foto? No (risas).
¿Cuánto tiempo permaneciste en Irak y cuáles consideras que fueron los hechos más importantes que debiste cubrir? Debió ser como en Afganistán, de dos a tres semanas, el tiempo que me alcanzó el dinero. Un hecho que considero importante fue el movimiento en las zonas periféricas de Bagdad, zonas donde el dominio norteamericano no era tan contundente. Veías hombres civiles armados por todas partes. ¡La guerrilla se estaba organizando en frente de mí! Era demasiado obvio. Todo iba a terminar en una lucha de guerrillas.
¿De presentarse la oportunidad, volverías a trabajar como corresponsal de guerra? La corresponsalía de guerra te brinda la oportunidad de escribir sobre historias humanas, esa otra cara de la guerra que no aparece en la historia oficial. Cuando se te presenta esa oportunidad es un privilegio.
De los campos de batalla en el Oriente Medio pasaste a las mesas de redacción en CCTV, el canal de noticias chino. ¿Cómo fue que llegaste a trabajar allí? ¿En qué consistía tu trabajo en CCTV? Para mediados del 2003, yo ya había estado en dos guerras durante los últimos dos años. Decidí que había llegado el momento de tomarme un descanso. Quería escribir sobre mis experiencias, asimilar todo lo que había pasado. Decidí tomarme un año sabático. Se lo comenté a un amigo mío, agregado cultural de la embajada China en Perú, el señor Wang Shisheng. Me preguntó si me interesaba visitar China, me dijo que me podían dar una beca para la Universidad de Beijing. Acepté. La beca era por un año, para hacer una investigación cultural. Antes de que ese año terminara me llamaron de la embajada de Perú. El gobierno chino había lanzado una convocatoria: el canal de noticias Chino CCTV, dirigido a público angloparlante, estaba por abrir una filial para transmitir noticias en español. Me pareció una gran oportunidad para conocer cómo se hacía periodismo en China. Postulé y me aceptaron. Solo trabajé en la etapa de inicio, cuando todavía estaban en construcción los módulos de transmisión en vivo, y se estaban probando las voces de los locutores. Mi trabajo era traducir las noticias del inglés al castellano. Usábamos las noticias que llegaban de CCTV en inglés y retransmitíamos las mismas imágenes con doblaje al español. No hice trabajo periodístico en el sentido estricto de la palabra, solo traducción. También hicimos doblajes al español de documentales. Lo más interesante que tuve que hacer fue traducir, en simultáneo, las conferencias del gobierno chino. Nunca en mi vida había hecho traducción simultánea. Es más, nunca había estudiado traducción formalmente. Aprendí sobre la marcha.
¿Te fue difícil adaptarte a la vida de un país como China que cambia y se desarrolla de manera tan vertiginosa? No me costó mucho adaptarme. Me sentí en casa. Beijing cada vez se parece más a una ciudad occidental, es muy moderna.
¿Qué labor desempeñas actualmente? Al terminar en CCTV, preparé un proyecto para abrir una corresponsalía para El Comercio desde Beijing. La editora de Mundo, Virginia Rosas, estuvo de acuerdo y me apoyó como lo había hecho en Afganistán. Empezamos un largo trámite burocrático. Hubo que obtener permisos, regularizaciones, sustentar muchas cosas, pasar entrevistas. Finalmente, se abrió la corresponsalía. Soy corresponsal en China de El Comercio.
Beijing debe ser un caos con los preparativos para los Juegos Olímpicos del 2008 ¿Has percibido algún cambio en la vida cotidiana debido a este acontecimiento? Es interesante ver como una cuidad crece, se transforma y mejora, en algunos aspectos. En Beijing los edificios son cada vez más altos, la cuidad es cada día más hermosa. Pero, los cambios de mentalidad son un poco más lentos. China estuvo cerrada al mundo por mucho tiempo. Todavía no hay libertad de expresión. Todos los medios de comunicación son controlados por el gobierno. Nadie [en China] puede concebir la idea de que un periodista haga una crítica constructiva al gobierno. Para mí el problema está en encontrar información porque todas las fuentes están cerradas y responden al gobierno. Hay mucho miedo a hablar. Es muy difícil encontrar personas dispuestas a ser entrevistadas. Tengo que decir que no voy a publicarlo en China y que será en castellano. También tendrían miedo si les dijeran que lo que digan será publicado en inglés. También es muy difícil que se dejen fotografiar. Para hablar con funcionarios del gobierno hay que tramitar muchos permisos. Prefiero hablar con académicos. Son los más proclives a hablar o darte contactos y abrirte puertas. El idioma sigue siendo otro obstáculo. Muy poca gente acepta la entrevista si no es en chino mandarín. Incluso los académicos, que hablan inglés, insisten en hacer la entrevista en chino mandarín. Siempre tienen el temor por cómo los irán a traducir. No es lo mismo una entrevista de tres que una entrevista de dos.
¿Tuviste oportunidad de leer la revista Nudo (www.revistanudo.com)? Sí, la estuve revisando cuando me mandaste el dato. Muy interesante. Me gustó mucho porque se ha clasificado bien la información. Lo que me gustó más es que es muy ágil. Se puede entrar por distintos links a las secciones y cada sección aporta temas de actualidad. Me gustó bastante la redacción, creo que está bien cuidada. La diversidad de los temas es interesante. Se nota que hay bastante preocupación y responsabilidad.
El próximo número de la revista estará dedicado al tema del agua, su importancia y el peligro que enfrenta debido a la contaminación. En China existe una creciente conciencia sobre el problema medioambiental, particularmente, la contaminación del agua. En tu artículo del domingo 11 de marzo de 2007 (El Comercio, Mundo, b5) hablas sobre el tema. ¿Cuál consideras que es el principal problema de contaminación de agua en China? El tema medioambiental es uno de los problemas claves en China. El Primer ministro chino [Wen Jiabao] ha reconocido que el problema de la contaminación es completamente grave. Ahora todos están muy preocupados porque si no llegan a los estándares necesarios, las Olimpiadas se van a ver afectadas. La contaminación sería perjudicial para los atletas, en especial, para los maratonistas. Se están haciendo mediciones de los niveles de contaminación para ver si es posible reducirlos. Si esto no es posible, algunas disciplinas deportivas se van a tener que suspender. Eso ha puesto a los chinos muy preocupados. No pueden soportar la idea de clausurar o postergar las Olimpiadas. El agua es otro tema muy delicado en China. En realidad, el recurso del agua, allá, es insuficiente para un territorio y población tan grandes. China construyó la represa de las Tres Gargantas, para suministrar agua al norte y parte del sur del país, pero esto ha generado un problema con los ecologistas, quienes hablan de un severo daño ambiental provocado por la construcción de esta represa. Mucha gente ha tenido que desplazarse de donde vivía. Muchos de los ríos están contaminados, el Río Amarillo, por ejemplo. Muchas empresas e industrias, simplemente, vierten todos sus deshechos en el agua sin ningún tipo de tratamiento. El gobierno, en un primer momento, no tuvo ningún tipo de control. La prioridad era hacer dinero y desarrollar la industria. El tema ecológico no era importante entonces. Es más, creo que hasta ahora no lo consideran importante. Las Olimpiadas, los han puesto muy preocupados [por el tema de la contaminación]. No quieren comprometer su prestigio. Se están esforzando. Las Olimpiadas han ayudado a que se den ciertas mejoras en el tema medioambiental, pero no creo que reconozcan que esas mejoras sean importantes en sí mismas. El tema olímpico es lo que verdaderamente les importa y ellos harán cualquier cosa para que sus olimpiadas sean un éxito.
No es muy común que un primer ministro de China reconozca, públicamente, un error o fracaso de tal magnitud. Sí, es un cambio. China ha estado mucho tiempo cerrada al mundo y en treinta años se ha dado un gran proceso de crecimiento [económico]. En ese tiempo, solucionaron su principal problema, la pobreza. China era un país donde la gente, literalmente, se moría de hambre. Tengo muchas amigas chinas de mi edad, cuyos abuelos han muerto de hambre. Ahora, la gente ya no se muere de hambre. China ha sacado a trescientos millones de personas de la pobreza, pero todavía hay algunos aspectos que se deben mejorar: derechos humanos, libertades civiles. Yo creo que, paulatinamente, se va a ir dando el cambio.
¿En tu opinión, es posible para una economía emergente, como la de China, mantener su ritmo de desarrollo industrial sin comprometer el medio ambiente y la calidad del agua? China ha ido creciendo [económicamente] a un ritmo increíble. Ahora los chinos quieren un crecimiento acorde con el cuidado del medio ambiente. Creo que ahora sí lo pueden hacer. Ya han crecido tanto que pueden darse el lujo de ir un poco más lento. El mismo presidente de China está diciendo que, más que cantidad, se está buscando calidad en el crecimiento, una calidad vinculada al desarrollo sostenible. Creo que sí se va a poder y que China va a seguir creciendo y abriéndose al mundo. Los chinos tienen todavía bastantes problemas, pero todo lo que han avanzado hasta ahora es admirable.
Hay quienes sostienen que las guerras del futuro serán por el agua, así como las del presente son por el petróleo. ¿Estás de acuerdo con tal afirmación? Sí. Muchos estudios concluyen que, tarde o temprano, se va a encontrar alguna fuente energética que sustituya al petróleo, pero no imagino otro recurso que sustituya al agua. Algo que sustituya al agua me parece imposible de encontrar. Sí creo que va a haber problemas por eso.
Envías, regularmente, despachos a El Comercio desde China. ¿Qué días y en qué sección podemos apreciar tu trabajo? Yo trabajo para Mundo, mi jefa directa es Virginia Rosas, editora de dicha sección, pero escribo, eventualmente, para otras secciones. Básicamente, escribo artículos especiales, despachos largos, crónicas, reportajes de largo aliento que salen los domingos en la sección Mundo de El Comercio.
He leído trabajos tuyos sobre temas muy diversos en El Comercio. Hace un año, hablabas sobre el problema medioambiental; hace unas semanas, sobre el modelo de crecimiento económico chino (El Comercio, Economía y Negocios, b2, sábado 2 de febrero de 2008). Hoy, 14 de febrero, hablas sobre un tema propio del día de San Valentín (El Comercio, Mundo, b11, febrero 2008)… Una pareja muy simpática (sonríe), una peruana y un chino que lograron algo que es poco común en China. Allá es muy difícil encontrar a un chino de pareja con una extranjera. China es un abanico de temas. Tratamos de cubrir todo tipo de temas. Tengo una buena editora. Buena parte de mi éxito se debe a mi editora. Tener una jefa como la mía me ha ayudado y enseñado mucho. En Virginia, he encontrado a una persona que me ha sabido guiar con su experiencia. Uno es producto de sus maestros y sus jefes.
Tienes un Blog… Sí Oriente X-press. Es para escribir historias peculiares de gente peculiar de cualquier parte de Asia, pero básicamente de China. Historias que voy escribiendo y posteando sobre las cosas que pasan y los personajes. Recibo muchos comentarios, básicamente de gente de Perú o gente que habla español. Personas que de una u otra manera están interesadas en Asia.
Después de estar en Irak y Afganistán, en líneas generales, ¿qué opinas de la situación actual en estos dos países? La posguerra nunca se va a dar mientras haya tropas extranjeras en estos dos países. Todavía no se puede hablar de una posguerra porque hay guerrillas. Los norteamericanos piensan que si se van de Irak, el país se convertirá, otra vez, en un lugar donde no se respetan los derechos básicos. Personalmente, creo que los iraquíes ya están listos para asumir su propio país. Más allá de que lo hagan bien o mal, Irak es su país. Son ellos los que deben decidir el futuro de su propia nación. Opino lo mismo sobre Afganistán. No se le puede pedir democracia a un país organizado de manera tribal, donde la religión sigue siendo tan importante. Les están pidiendo ir demasiado rápido.
¿Crees que, con el cambio de gobierno en Estados Unidos, mejore en algo la política exterior norteamericana? No creo, pero lo espero. Creo que habrá mejoras. No todas las que quisiera o que los iraquíes o afganos quisieran, pero creo que habrá ciertas mejoras. No me parece que se esté hablando mucho ni muy claro de desocupación militar en las campañas electorales. Personalmente, creo que deberían [los candidatos] concentrarse más en sus propios problemas. Creo que por atender problemas internacionales han descuidado su política interna.
Has llegado muy lejos siendo muy joven… ¡Llegué hasta China! (risas).
Literalmente lejos, claro. En líneas generales, has llegado muy lejos siendo muy joven y continúas cosechando éxitos ¿Qué consejo le darías a los estudiantes de Periodismo y Humanidades, en general? Uno tiene que amar lo que hace, y esforzarse al máximo por hacer las cosas bien.
¿Y a un grupo de entusiastas alumnos de humanidades que dirigen una revista electrónica? Lo mismo, simplemente, sigan adelante.
¿Tienes algún proyecto personal en marcha? Tengo muchos libros que escribo y nunca publico (risas). Tengo varios proyectos que nunca concluyo por andar metida en el periodismo. Cuando llegue el momento lo haré. Por ahora, me interesa más mi trabajo en prensa. Mi trabajo es mi vida. No entiendo mi vida sin el periodismo. Es el centro de mis alegrías y mis tristezas, le ha dado sentido a mi vida. En realidad, mi trabajo ya no es trabajo. Igual lo haría. Espero que no lean esto en El Comercio porque dejarían de pagarme (risas). Para mí es maravilloso poder abrir los ojos cada mañana y pensar en lo afortunada que soy de estar en China, escribiendo, en un trabajo que me gusta y por el que, además, me pagan ¿Puede haber mayor felicidad que esta? Me gusta mucho mi trabajo. He optado por lo que me hace más feliz. Creo que por eso es que no le tengo miedo a la muerte. Si hoy día me muriera, moriría contenta. Sé que todo lo que he hecho con mi vida ha tenido sentido o ha cobrado sentido con el tiempo. ¡Estoy lista para el viaje! Cuando llegue el momento partiré y lo haré contenta. Creo que existe otro mundo, más allá. Si debo partir, me iré contenta a descubrir ese nuevo mundo. Cuando una vive con motivación, levantándose cada mañana sintiendo que es magnífico estar viva, no importa en qué momento partas.
Fotos: cortesía de Patricia Castro Obando
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