Escribir a ciegas

 

Daniel Salas Díaz   

 

          En la película Doubt, de John Patrick Shanley, la monja Aloysius Beauvier (Meryl Streep) se enfrenta al padre Brendan Flynn (Philip Seymour Hoffman) por el control de la escuela de una parroquia católica en el Bronx.  Las pequeñas intrigas suceden hacia 1964, precisamente en medio de los debates del Concilio Vaticano II y de los grandes cambios que –ya era inevitable—  se anunciaban en la Iglesia.  La madre Beauvier tiene prohibido el bolígrafo en la escuela porque, como consecuencia de su uso, los niños han empezado a echar a perder el arte de la caligrafía. Por este motivo, considera ya una exagerada concesión el permitir las plumas con cartucho de tinta. La madre Beauvier observa, con horror y desprecio, que el padre Flynn escribe sus sermones con uno de esos peligrosos instrumentos de escritura. De tal indagación deduce que el padre Flynn debe ser –o necesariamente es—  una influencia adversa para los pequeños.

 

 

La conjetura de la monja nos puede parecer banal a la luz de la manera en que nosotros entendemos nuestra relación entre la letra y la palabra. No lo es, en cambio, si observamos la historia de aquella compleja convivencia entre el decir y el escribir. La escritura en piedra, la escritura en tinta sobre un pergamino, la escritura en un papel o en la impresión de un libro y, finalmente, la escritura electrónica forman parte de una evolución sobre nuestra relación con el lenguaje. Y ello se explica debido a una correspondencia elemental entre técnica e ideología: los costos materiales e intelectuales de la escritura y las posibilidades de acceso a ella han impuesto a lo largo de la historia diferentes relaciones con el decoro.

 

En un principio, muy poco de lo que se decía se podía escribir (en esto último se privilegiaba lo sagrado o lo sublime); como consecuencia de los medios electrónicos y, principalmente, debido al acceso anónimo a Internet, nos ahora encontramos ante un universo muy diferente: casi todo lo que se puede decir se puede escribir.  Y en el mundo ideal de algunos entusiastas (entre los que, ciertamente, no me encuentro) todo lo que se puede pensar se podría decir y, por tanto, se podría escribir.

 

 

La posibilidad de que se llegue a esta última conclusión propone un gran problema crítico que, desafortunadamente, muchos no quieren terminar de comprender. Sin embargo, el dilema es bastante notorio desde la mirada de las humanidades, ya que éstas son una exploración del sentido y del descubrimiento de aquello por lo que vale la pena la existencia. Un universo de significados en el que todo sea igualmente válido derivaría en la anulación de la diferencia entre lo relevante y lo irrelevante, entre lo que posee valor y lo que carece de él.

 

 

No creo que tal mundo sea posible sino en la mera imaginación de algunos irreflexivos irredimibles. Sin embargo, creo que vale la pena formular esta pregunta: ¿El fin de toda jerarquía significaría en realidad una conquista moral?  Yo creo que no. Y una de mis razones se debe, precisamente, al exacerbado, enardecido, entusiasmo de los reaccionarios por el imaginario posmoderno: en un mundo en el que nada es justificable desde la razón y desde la comprobación empírica, la fundamentación que quiere aparecer como trascendental (es decir, aquella meramente arbitraria y asentada en la capacidad de unos pocos de decidir sobre el destino de los demás) se mete por la ventana después de haber sido expulsada por la puerta.

 

 

¿Realmente queremos vivir en un mundo así? Yo creo que no y que, más bien, vale la pena replantearse la tarea crítica, sin importar que ella sea minoritaria o acaso excluyente. Lo fundamental es que las humanidades se instalen en una verdadera posición de solidaridad pero ello es muy distinto de que se resignen a buscar la popularidad.

 

 

Para decirlo de otra manera, no se trata de desechar el bolígrafo e insistir a la pluma, sino de impedir el sacrificio o, siquiera, el deterioro de lo significativo. 

 

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