Palma provinciano: la tradición perdida  Teobaldo Pinzás

Palma Provinciano

La Tradición Perdida

 

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El 6 de octubre se cumplirán noventa y un años del fallecimiento de quien fuera, en su momento, la pluma más respetada del Perú y una de las más destacadas de todo Latinoamérica: Ricardo Palma. Maestro de la verosimilitud, es mérito suyo el haber convertido un género insignificante como la “tradición” en algo más que criollada para darle crédito -a puro pulso- como literatura. Incluso Rubén Darío reconocía la tradición como un producto que solo la mano del peruano sabía cultivar con maestría, una flor netamente limeña y, sobre todo, deudora del talento del legendario bibliotecario. No por nada la tradición fue el primer producto literario peruano de exportación, imitada en todo Latinoamérica y en Europa.

 

Las tradiciones de Palma -que él decidió nombrar Tradiciones Peruanas- son una amalgama luminosa de realidad, historia y ficción. La verosimilitud de su obra se construye sobre esos tres elementos que los lectores de su tiempo, para suerte suya, no supieron bien cómo diferenciar. Al respecto, José Antonio Bravo -narrador, profesor universitario, crítico de arte, conferencista y periodista- comenta: “Los lectores de Palma aún no diferenciaban entre realidad y ficción, esa diferencia recién la establece Julia Kristeva en los años 60. Sus contemporáneos creían que las tradiciones eran verdad”. Fue conociendo el ambiguo efecto de sus palabras sobre los lectores que Palma labró su obra, desde el ámbito periodístico y de la investigación histórica, aprovechando el débil limbo que separaba la realidad y la ficción. De igual manera, según algunos, se construyó a sí mismo como un personaje, extendiendo su talento fabulador a su propia vida.

 

En La Cuna de Ricardo Palma, libro del finado Monseñor Salvador Herrera, se postula que Palma fabuló no solo con la historia virreinal y peruana, sino que también inmiscuyó la imaginación en su biografía. Supuestamente, según una investigación que se basa en la historia oral y en documentos eclesiásticos de la época, Palma habría nacido no en su criollísima Lima, sino en un pueblito ignoto de la sierra peruana cuyo nombre, castizo por cierto, es Talavera de la Reyna (Andahuaylas, Apurímac). Este posible origen humilde y serrano, negado por el mismo escritor en varias ocasiones, desbarataría la imagen de un criollo y limeñísimo Palma, receptáculo de las costumbres, refranes e historia de la Ciudad de los Reyes. Y si bien para algunos considerar a Palma como provinciano casi bordea el delito, para otros es una hipótesis por demás interesante; José Antonio Bravo, por ejemplo: “Parece que su origen apurimeño es cierto, hay incluso una serie de conjeturas dentro de la literatura apurimeña que indican que es verdad. Esos datos sobre su origen humilde y apurimeño parece que han existido y el mismo Palma los destruyó. Ahora solo existen en la tradición oral y no hay documentos que los prueben”.

 

En el bando contrario tenemos a muchos de los palmistas más acérrimos, aquellos que reconocen la casona de la calle Puno en Lima como el lugar donde Palma vio por primera vez la luz. Pertrechados bajo varias publicaciones de renombre como Tiempos de Infancia y Bohemia. Ricardo Palma (1833-1860), del reconocido historiador Oswaldo Holguín, o bajo las respetadas opiniones de Raúl Porras Barrenechea, estos investigadores mantienen –en base a una partida de nacimiento y a las palabras del mismo Palma- la legitimidad de su origen limeño. Alberto Varillas, palmista de la Casa Museo Ricardo Palma, comenta que “las investigaciones de Holguín y Barrenechea han desestimado la versión de un Palma apurimeño” y que “nosotros encontramos a Palma desde que era muy niño en Lima”, respuestas categóricas que intentan no dejar espacio para la duda. Sin embargo, ninguna respuesta es concluyente hasta el momento y queda flotante la pregunta de si este Palma de acervo limeño, capaz de convertir la criollada verosímil en literatura y de convencer a sus lectores de que sus sátiras eran verdad antes que leyendas urbanas, apeló o no a la ficción dentro de su propia existencia. Sabemos que se cambió el nombre, algunos afirman que cambió también su lugar de nacimiento; tal vez, como todo escritor, no pudo resistirse a la tentación de escribirse a sí mismo y hacer de su propia vida su más perfecta tradición. Una pregunta necesaria que solo la historia –esperemos- nos responderá.   

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