Oportunidad ¿perdida? Llamando a una invasión humanista de la Internet

 

Eduardo Villanueva Mansilla

 

          La Internet nació en las universidades, pero del "lado sur", expresado en geografía PUCP: las ciencias físicas y naturales, y las ingenierías, sobre todo las relacionadas a las computadoras y sistemas de comunicación, dieron origen a la tecnología que hoy llamamos Internet, a partir de una demanda de intercambio de información mediante el procesamiento de datos, pero también de ideas en la forma de mensajes entre personas. En sus orígenes, la red que ahora llamamos Internet fue un proyecto financiado por el departamento de Defensa de EEUU para facilitar la interoperabilidad de los datos, es decir la capacidad de dos computadoras distintas de intercambiar información. Nunca fue una plataforma militar, ni tampoco fue una herramienta para hacer cosas cotidianas.

 

 

          Las Humanidades fueron, podría decirse que sin que nadie se sorprenda, tardías participantes de la expansión de la Internet. No es que tuvieran menos datasets que procesar o conversaciones que expandir más allá de las limitaciones de la presencialidad, sino que las costumbres son duraderas y las humanidades no cuentan con extensiones técnicas tan simples de implementar como las ingenierías: cuando se necesita calcular estructuras, es más o menos simple encontrar la forma en que la computadora ayuda. Cuando se trata de fichar materiales, la conversación se complica y los mecanismos para lograrlo varían tanto como las distintas tradiciones de registrar datos. Solo cuando la Internet maduró tanto en capacidad técnica como en número de usuarios, hacia finales de la década de 1980, se pudo lograr una expansión de uso que alcanzó a los humanistas, que intercambiaron datos, conversaron y eventualmente mejoraron su capacidad colectiva de enfrentar temas complejos. Lentamente...

 

           Ahora ya hay algo bastante útil para fichar documentos en línea: Zotero es un sistema de libre disponibilidad, que permite contar con una copia en línea de todas las partecitas que sacamos de documentos en línea con sus respectivos pies de página y datos de publicación. Claro, todavía no funciona a través de varios navegadores, y sobre todo, no está orientado a los "otros" documentos, al papel mondo y lirondo, pero muestra hacia dónde irán las cosas.

 

 

          El contraste, sin embargo, es claro: mientras que los científicos cuentan con herramientas maduras, de libre disponibilidad o comerciales, los humanistas todavía tienen que enfrentar el dilema de cómo fichar. Han llegado relativamente tarde a la fiesta. Y sin embargo, bien podrían ser de los mayores beneficiarios de la expansión de la Internet, a la larga.

 

         La clave reside en ver a la Internet como un espacio de intercambios, que cada vez más favorece la "liberación" de los contenidos. Originalmente concebida como un mecanismo de comunicación entre computadoras, la Internet ha ido cambiando gracias a decisiones que buscan facilitar que la mayor cantidad posible de gente acceda a la mayor cantidad de información, en muchos casos, de manera colaborativa.  

 

 

           Un ejemplo simple: cuando la Internet llegó al Perú, hacia febrero de 1994, no solo habíamos pocos usuarios, sino que la información disponible dependía mucho de las facilidades técnicas que algunas instituciones altamente desarrolladas habían contado en sus respectivos departamentos y unidades académicas. Con el tiempo, la expansión del acceso y la facilidad de uso de las computadoras mismas puso más información, en la forma no solo de publicaciones terminadas sino de documentos "grises", a disposición de los usuarios de la Internet. Ya no se trataba de contar con grandes facilidades técnicas, sino de recursos básicos para publicar pequeños documentos o conjuntos precisos de datos.

 

 

          En el extremo de cadena de colaboración remota hay excelentes ejemplos humanistas. El Roman de la Rose, un texto clásico y clásicamente relevante para los estudios medievalistas, ha sido puesto en línea, concordado y comentado colaborativamente, de manera que el resultado disponible en la Internet es mejor que cualquier esfuerzo erudito que individualmente, o dentro de una sola institución, pudiese intentarse.

 

         Si consideramos que las controversias sobre el acceso a la información producida por académicos tienen como origen el financiamiento de la investigación, veremos por dónde va el futuro. En las ciencias naturales y físicas, donde mucha investigación tiene origen en financiamiento con fines de lucro, con fondos de empresas interesadas en resultados concretos, parte del desafío es encontrar cómo difundir a satisfacción de quien financia. Muchas veces se busca que la información alcanzada en un estudio sea publicada en core journals de alto prestigio pero pobre circulación, mientras que los sistemas de distribución temprana a través de listas de interés, o las revistas de acceso abierto que no cobran por suscripción, llegan a un público mucho más grande, pero con menos impacto en los sistemas tradicionales de medición de relevancia académica que suelen definir el prestigio y los niveles de respaldo público que recibe un académico.

 

 

 

           En las humanidades, donde los financiamientos son de menor cuantía, sin fines de lucro o inexistentes, la difusión de lo alcanzado puede ser más flexible. Utilizar estas herramientas de libre disponibilidad podría ser garantía de difusión masiva, pero también de un inicio de transformación de la manera como se investiga, girando hacia una forma colaborativa ágil y abierta. Las herramientas existen, pero muchas veces la adhesión histórica al "original", al documento primigenio que muestra que se ha publicado, pesa más que las ganas o disposición de difundir el conocimiento. 

 

             El académico de las humanidades puede depender de conjuntos de datos caros y complejos (pensar en digitalizar el Archivo General de la Nación es difícil por costos y complejidad) pero esto no hace imposible que los resultados de la investigación puedan ser fácilmente difundidos mediante herramientas simples. Un blog puede bastar para motivar conversaciones entre académicos; un sitio web de construcción simple y sistemas de publicación gratuita, incluso de revista académicas, son mecanismos ágiles de difusión del trabajo académico.

  

 

          Las barreras están en la credibilidad percibida y la familiaridad. Mientras que el papel, con sus siglos de historia, garantiza por inversión de dinero y tiempo la seriedad que se espera de la investigación, lo digital parece inherentemente menos confiable. Esto es más el resultado de la falta de familiaridad con los resultados pero sobre todo con las herramientas que permiten esos resultados. La iniciativa de utilizar los medios disponibles, desde el modesto blog hasta la publicación digital interactiva al estilo de un Wiki o de un documento colaborativo, no depende de que tan joven sea el investigador tanto como de las ganas de romper tradiciones mal entendidas sobre la difusión del trabajo humanista. En un mundo sin originales, y a veces sin autores, el producto de la investigación puede ser más rico que antes pero también más difuso en cuanto quién y cómo se hizo. 

 

           Sin duda, la familiaridad con las herramientas es esencial para lograr dominarlas, y ahí los humanistas tienen un deber: exigir más juguetes. Como usuario más que veterano de computadoras y la Internet, me consta que la única manera de hacer que estas herramientas se exploten al máximo es contando con ellas, no simplemente dependiendo de terceras personas. No se trata de tener una computadora, que ya es bueno: se trata de saber que se tiene una computadora con la que se puede jugar, y compañeros de juegos, para que se experimente libremente, fuera de los confines de una práctica de laboratorio, con las herramientas. Esto solo es posible si se destaca a jóvenes investigadores a mirar, jugar y finalmente explotar las herramientas en un ambiente, precisamente, colaborativo con jóvenes de otras disciplinas. Un espacio de experimentación de informática académica, sin más obligaciones que no malograr los equipos, sería el lugar de donde la creatividad fluiría.

 

 

          El futuro se inclina hacia lo digital, no solo como herramienta técnica sino como estilo de trabajo, donde la colaboración, la difusión abierta y gratuita y la complejidad del tratamiento de los datasets reemplace la percepción del trabajo del humanista como un ejercicio completamente individual y totalmente dependiente de ritmos iluministas. Se trata de abandonar formas sin perder tradiciones: el rigor no debe ser confundido con rigidez, y la Internet permite desfacer este entuerto.

 

 

 

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