SOLO PARA NUDISTAS

Sófocles, Esquilo… y Aronofsky

  

 

un devaneo de Giancarlo Poma Linares*

 

"I had the craziest dream last night. I was dancing the white swan".

Los antiguos griegos, esa gente tan lúcida que a veces y hasta aplaudía a sus poetas en vida, entendían y fomentaban la tragedia como ritual de purificación. De allí que el teatro fuera para ellos algo así como un gigantesco sauna de las pulsiones humanas. O tal vez y de manera más precisa: un trip de connotaciones sagradas cuyo propósito era generar la catarsis en el espectador. En fin, para quien haya visto Black Swan, la última película de Darren Aronofsky, nada de esto le parecerá lejano.

Les cuento de qué va. Natalie Portman es Nina, una joven mártir del ballet que logra hacerse del papel principal en una nueva versión de El lago de los cisnes. El inconveniente, aquello que desbarranca a la pequeña Nina por el abismo de las tinieblas, es que su rol de prima ballerina le exige interpretar a los dos cisnes, el blanco y el negro, que es como tender un puente entre el cielo y el infierno y atravesarlo en un monopatín de ida y vuelta cada cinco minutos. Tal hazaña (tal insania) provoca la destemplanza de Nina, digamos que la hybris por continuar con el lenguaje trágico, quien se obsesiona con alcanzar la perfección. Una meta inconmensurable no tanto por el disciplinado ejercicio de la danza, sino más bien a causa del carácter del Cisne Negro, una figura de malicia y seducción que habita en las antípodas del territorio de Nina.

¿Pero cuáles son las antípodas del cuerpo? ¿Tendrá Nina que desplazarse o más bien escarbar dentro de sí? Dos de las muchas interrogantes que resuenan durante la película acompañando las composiciones de Clint Mansell, quien ya ha trabajado en la banda sonora de otras películas de Aronofsky, como la nostálgica y valiente The Wrestler, que significó la bofetada que necesitaba un actor como Mickey Rourke para desplegar ese talento que le pertenece a la humanidad, y la desgarradora Requiem for a dream, una crónica de cómo la corrosión finisecular condenó el amor a la hoguera. Al igual que en aquellas películas, en Black Swan la música de Mansell no se escribe en pentagrama sino en electrocardiograma. Exacerba cuando la cinta grita. Ante la calma es insinuosa, intrigante.

Y ahora que escribo sobre intensidad y muerte, pienso en Lars Von Trier y su ánimo de causar repulsión. Y aunque reconozco y valoro su propuesta estética y narrativa, siempre me ha parecido que por momentos se le va de las manos. Que el buen Lars nos habla de angustia a través de arcadas y la “contemplación” de sus películas se torna un desafío sin mayor aliciente. No es un deber alentar al espectador, pero creo que hay que querer mucho a Von Trier para entusiasmarse con sus entregas. Nunca nos invita a la fiesta y para colmo nos trata mal. Lo de Aronofsky, felizmente, es muy distinto. Nos va a desollar vivos, desde luego. Pero nos llevará al umbral de la muerte sin dolor. Lo que en Von Trier puede confundirse con sadismo, en Aronofsky es éxtasis.

Hay muchísimas razones para ir a ver Black Swan. Yo los dejo compartiendo una íntima. A los diez minutos de iniciada la función ya se siente el abrazo de la noche. Puede ser la fotografía de sombras amenazantes, o la asfixia del mismo claustro que persigue y acorrala a la protagonista. Música e imágenes tiran de nuestros sentidos. Es la catarsis, sí. Piedad y horror, como pensaban los griegos. La belleza del Cisne Negro que se divierte cautivándonos, a sabiendas de que tarde o temprano nos tendrá a sus pies.

 

 

*Giancarlo Poma Linares (Lima, 1985). Escritor y periodista cultural. Publica regularmente cuentos y artículos de opinión en revistas impresas y virtuales. Ha ganado juegos florales y bienales de cuento. Su primera novela, Sonata para kamikazes, obtuvo el XIII Premio BCR de Novela Corta «Julio Ramón Ribeyro» y fue elegida como uno de los mejores libros del 2010.

 

 

 

 

 

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