SOLO PARA NUDISTAS

¡Ah, Humanidad!

un devaneo de Giancarlo Poma Linares*

 

 

Yo también me pregunto por el Mañana —así, con mayúscula—, faltaba más. La interrogante, naturalmente, no me llega en forma de mariposa con connotaciones zen, ni mientras contemplo las nubes desde la colina más alta de un valle en Escocia. Eso estará bien para los mercachifles de obviedades y falsos trascendentalismos que dicen «a orillas del río me senté y lloré», cuando, en realidad, se hincan al borde de la cloaca y mean. Todo el asunto del Mañana, como creo que a la mayoría, me patea el hígado, por ejemplo, cuando estoy en el micro y, de pronto, sube un niño a cantar con la ilusión de que a alguien se le ocurra regalarle veinte céntimos, y noto que el pobre chiquillo ya ni siquiera vocaliza la letra de tan jodidamente cansado, de tan jodidamente hastiado de la indiferencia con la que todos le volteamos la cara y continuamos con nuestro individualismo tan progre y con nuestras ridículas observaciones sobre la vida política y las comedias del cable. Sí, nuestras preocupaciones. Nuestras conversaciones que padecen un hiato de realidad. Perdonen el descaro, pero recién ahí me pregunto qué diablos ocurre. A dónde diablos vamos a parar.

Y después se me olvida, claro. Basta con subir el volumen del iPod o con dar una vuelta por librerías. Después ya todo regresa a la normalidad. Me compro una cerveza helada, voy al cine, escribo esta columna. La miseria y el desamparo, ese matrimonio abyecto que copula desenfrenadamente del otro lado de nuestras costumbres, se convierten en anécdotas de la historia, pura estadística demográfica, los tres o cuatro céntimos que la cajera del supermercado me invita a donar para expiar mi conciencia. ¿A dónde diablos vamos a parar? No lo sé y, ciertamente, tampoco tengo ganas de averiguarlo. Me resulta morboso e inútil conocer la oscuridad de la sepultura.

En todo caso, creo que lo más litúrgico, lo más justo y necesario, es recapitular. No para llorar sobre la leche derramada, que más de una vez nos hemos resbalado sobre las lágrimas y sobre la leche y hemos terminado aun peor, sino para identificar al culpable, llevarlo a un rincón y hablarle bonito (porque somos personas educadas, hay que recordar siempre que somos personas civilizadas, desafiamos continuamente las habilidades de nuestra especie, tuvimos el Renacimiento, ¡joder!, si hasta hemos enviando máquinas al espacio), explicarle al irresponsable que las cosas tienen que cambiar o nos vamos a estrellar todos contra una montaña de mierda. Lo que se dice un estatequieto, pues, la receta mágica de las madres.

 

Ya llevamos más de veintiún siglos en lo mismo. El Hombre —con mayúscula también, lamentablemente, aún— ha mentido, silenciado, robado, esclavizado, asesinado y violado. Ese hombre que siempre ha sido un lobo para el Hombre hace mucho que perdió el rumbo y con ello el crédito para empuñar el timón. Nada bueno se puede esperar de él. Pero la Humanidad. Oh, sí, la Humanidad. Bendita sea. En ella depositamos nuestra esperanza. Feliz Día de la Mujer. Y por favor, sálvennos (ajá, como siempre).

 

 

 

*Giancarlo Poma Linares (Lima, 1985). Escritor, periodista cultural y docente universitario. Publica regularmente cuentos y artículos de opinión en revistas impresas y virtuales. Ha ganado juegos florales y bienales de cuento. Su primera novela, Sonata para kamikazes, obtuvo el XIII Premio BCR de Novela Corta «Julio Ramón Ribeyro» y fue elegida como uno de los mejores libros del 2010.

 

 

 

 

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