¿PARTY IN THE U.S.A.?


NUEVO (DES)ORDEN MUNDIAL

La columna de Eduardo Marchena Siverio



Esta mañana, después de muchas mañanas de malas noticias, inicié mi día con una buena: la supuesta captura de Osama Bin Ladem. Una pequeña razón para sentir, en medio de este mundo de transgénicos y calentamiento global, un poco menos de desconfianza en el futuro. Salí temprano de casa sin confirmar lo que, mientras desayunaba con algo de apuro, creí haber escuchado en la radio. Menos de una hora después, con un periódico en la mano, mi índice de desconfianza en el futuro había vuelto a subir. Todos los medios confirmaban que Osama Bin Laden no fue capturado, sino eliminado. La operación se realizó en un lugar cercano a Islamabad, capital de Pakistán, y fue ejecutada por una fuerza militar especial norteamericana con el apoyo del servicio de inteligencia local. Una misión impecable si consideramos el hecho de que ningún norteamericano resultó herido, pero tengo la impresión de que este incidente nos dejará más preguntas que respuestas. Para mí, su muerte es la garantía de que muchas cuestiones quedarán sin esclarecerse de manera definitiva. Me refiero, por ejemplo, a temas como su papel en la guerra Afgano-Soviética (en la que la CIA y él estuvieron del mismo lado) e, incluso, detalles sobre los atentados del 11-S. Su versión de la historia se ha perdido para siempre.

La muerte de un terrorista es, en principio, un hecho digno de beneplácito; no obstante, creo que tengo derecho a preocuparme un poco. Más allá de consideraciones sobre derechos humanos, creo que un terrorista capturado vivo es mucho mejor que uno muerto. Sé que no soy el único que cree que OBL será visto a partir de hoy como un mártir por sus seguidores (lo cual, naturalmente, podría terminar dando nuevos bríos a la causa de Al Qaeda). De darse el caso, no sería la primera vez que la muerte de un líder terrorista termina inspirando a una nueva generación (más cruel y violenta) de seguidores. 

Se está hablando del incidente como motivo de celebración. Ciertamente lo es, pero dudo que dicha celebración dure tanto como el luto posterior al 11-S (por supuesto, me gustaría equivocarme). Barack Obama declaró que con la muerte de OBL se ha hecho justicia, aunque pidió estar alertas ante posibles (y previsibles) represalias. Sin lugar a dudas, estamos ante el final de una importante batalla en la lucha contra el terrorismo, pero de ninguna manera se puede decir que es el final de la guerra (lo dice el propio Obama). La triste realidad es que el extremismo es, quizá, tan antiguo como la humanidad y en los últimos años no ha hecho otra cosa que globalizarse.

En un pasado no muy lejano se habló de no negociar con terroristas, una política respetable y seguramente bien intencionada, pero su principal legado parece haber sido el surgimiento de una nueva generación de subversivos que tampoco piensa negociar y cuyo único interés es matar a tantos “infieles” como sea posible (militares o civiles) en cualquier lugar y momento.

Con OBL muerto no se acabará el terrorismo (ni siquiera el terrorismo islámico). Sus seguidores, por su parte (actuales o futuros), se volverán más sanguinarios y el gobierno de Estados Unidos difícilmente podrá comenzar a ahorrar en materia de seguridad (de hecho, no me sorprendería que a partir de ahora deban invertir más). En el discurso de Al Qaeda, como suele suceder con muchas organizaciones del radicalismo islámico (y del radicalismo en general), se hace del martirio  un motivo de orgullo y fuente de inspiración que seduce a más potenciales seguidores de los que ahuyenta.

No se puede poner en tela de juicio la determinación de Al Qaeda, una organización a la que muy poco remordimiento provoca el daño colateral que sus acciones puedan causar. Si repasamos sus antecedentes (los atentados de 1998 contra las embajadas norteamericanas en, Nairobi, Kenia, y Dar es Salaam, Tanzania) comprobaremos que a sus líderes poco les importaría asesinar a civiles de países relativamente indiiferentes al conflicto  (naciones sudamericanas, por ejemplo) durante eventuales ataques a embajadas u otros intereses estadounidenses en el extranjero.

La idea de celebrar, francamente, me resulta algo incompatible con un futuro cercano en el que, en el mejor de los casos, viviremos en una tensa calma con un nivel de alerta mundial que  deberá mantenerse (e, incluso, incrementarse). El terrorismo es, nos guste o no, parte de una realidad con la que tendremos que vivir (sea por la ineptitud de nuestros gobiernos o nuestra propia ineptitud al momento de elegirlos). Mis pocos amigos cercanos saben que el pensar positivo nunca ha sido mi especialidad. Sinceramente, me gustaría equivocarme en mis pronósticos con mucha más frecuencia.

Esta es mi primera y, probablemente, última columna para Revista Nudo. Mis labores habituales en esta publicación no incluyen el compartir apreciaciones personales con los lectores (para eso contamos con dos excelentes redactores que publican con nosotros todos los meses). Siendo, probablemente,  la única vez que compartiré Nuevo (des)orden mundial, voy a terminar este texto con un sincero esfuerzo por no caer tan mal a los optimistas del mundo (en especial a los fanáticos de Miley Cyrus) recordando a cierto personaje de Alberto Fuguet, un pesimista que asume su propio pesimismo como una ventaja. Su razonamiento es simple, pero muy lúcido. Él es de quienes esperan lo peor y cada vez que no llega quedan felices, pero cuando llega no se deprimen ni decepcionan. Incluso ser pesimista puede tener su lado positivo, especialmente, si se vive en  país al que le cuesta tanto aprender de sus errores cometidos durante periodos de violencia política. Los pesimistas estarán siempre listos (para todo).

 

Referencias:

Fuguet, Alberto. “Mala Onda” Santiago de Chile. Aguilar: 1996, p 334.

PERÚ 21 “Osama Bin Ladem muere en operación militar de EE.UU.” Perú 21. Mundo. Lima, 2 de mayo  (2011), p 12.

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