¿Bloggerizar la literatura? ¡No!

 

 

 

Bruno Nassi

 

 

Andy Warhol tuvo mucha razón al decir que todos los seres humanos deberían tener por lo menos quince minutos de fama en su vida. Seguramente así el mundo sería mucho mejor, y seguramente en ese mundo ideal no existirían los blogs. Porque, vamos, en el fondo los blogs responden a la necesidad –muy humana, por cierto– de notoriedad. En un mundo donde no importa el quién-se-es sino el qué-se-es, las crisis de identidad son el motivo más grande de visitas al psiquiatra. La Internet y su magia no podían estar exentas de este problema tan agudo. Es por ello que se han convertido en la plataforma ideal para que los individuos que, siendo parte de un todo son nada, puedan gritarle al mundo que existen, que ellos son. Los blogs, pues, en el fondo no son más que la respuesta tecnológica (en esta época qué otra podría haber) a la cuasi enfermiza necesidad de decirle al mundo “hey, yo existo, soy fulano de tal y pienso esto; ¡escúchame!... y, si puedes, coméntame”.

 

 

Me reiría simplemente de toda la ridiculez del sórdido mundo blog, si no fuera porque he oído por ahí algunas voces entusiastas –que de paso han agravado mi misantropía– que muy alegremente pretenden “bloggerizar” a la literatura. Es decir, pretenden desplazar a los libros y hacer reinar a los inefables blogs. Momentito, momentito… al César lo que es del César. De acuerdo con democratizar a la literatura, de hacerla llegar a más personas y más lugares. De acuerdo incluso con usar para ello los blogs. Pero lo que sí es inaceptable es pretender inscribir todo el discurso literario al mundo blog. Ahí sí es necesario sacar las garras y defender a la literatura porque, confinarla a los blogs, sería asesinarla: caería en una aguda mediocridad, en una anorexia intelectual gravísima.

 

 

Son muy pocos los blogs que realmente no están creados por seres ávidos de atención a toda costa; son los menos aquellos que no tienen oculto el gusanito de la vanidad e incluso, en casos más graves, el parásito de la megalomanía. La literatura no debe caer en los tentáculos de la tecnología, más bien debe poner a su servicio a la tecnología. Esa es la fórmula que debemos perseguir. La democratización de la literatura no debe volverse una destrucción de la literatura. Estemos alertas.

 

 

Publicado con autorización del autor

 

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