¿Por qué considero valiosa una formación en Humanidades?

Juan Miguel Espinoza Portocarrero

Confieso que me ha resultado difícil preparar estas palabras, pues no tenía claro qué es lo que quería comunicar. En mi condición de historiador, pensé en dar una lección de historiografía o en disertar sobre la función social de las Humanidades. Al final, tomé conciencia que la naturaleza de este acto ameritaba un discurso que combinase la dimensión académica con la testimonial. Por ello, brevemente, quisiera contarles qué es lo que valoro de mi formación humanista en la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Dice un viejo adagio que los años no pasan en vano. ¡Qué cierto es! Buscando inspiración, encontré un texto del año 2007 que, por encargo del querido César Gutiérrez Muñoz (archivero de nuestra Universidad), escribí a propósito de los noventa años de la PUCP desde mi óptica de alumno de los Estudios Generales Letras. Leerlo después de años me hizo reencontrarme con un muchacho apasionado y fascinado con el inicio de su formación universitaria. No obstante, me quedé prendado de una idea implícita en el texto: el énfasis no estaba puesto en los cursos, en los conocimientos o en las lecturas, sino en las experiencias que daban sentido a lo anterior y a muchas otras dimensiones. Esas experiencias eran el espejo donde se reflejaba lo que iba pensando, sintiendo, actuando, en definitiva, aprendiendo. Como lo diría Ignacio de Loyola, no el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar internamente de las cosas es lo que proporciona un sentido trascendente a la vida.[1]

Hoy, cinco años después de haber escrito ese texto juvenil, me convenzo nuevamente que el valor de la educación de la Universidad Católica reside en su carácter integral. El modelo PUCP no pretende únicamente formar buenos profesionales. Más bien, el acento está puesto en la formación integral de la persona para que ella haga del estudio un instrumento de su propia realización, y se capacite para asumir y resolver problemas fundamentales inherentes al ser humano y a la sociedad. El paso por la PUCP no es, o no debería ser, una mera apropiación de conocimientos y herramientas, sino que todo ello debe servir para sentirnos satisfechos con nosotros mismos, y para generar un deseo y una opción por servir a la comunidad humana.

Sin duda, lo dicho previamente es el fin de una formación en Humanidades, disciplinas que los que hoy nos graduamos hemos elegido como profesión y como vocación. Mis años en la Universidad Católica me han llevado a entender el humanismo, más que como una ciencia, como un proyecto que defiende a toda costa la dignidad de la persona. En otras palabras, la apuesta del humanismo radica en dotar a los hombres y a las mujeres de los medios materiales y espirituales necesarios para una vida feliz.

Desafortunadamente, frente a una sociedad marcada por la lógica del libre mercado y el consumo, las Humanidades se muestran como reliquias de anticuario sin mayor relevancia para la vida política y social. Los humanistas, como nos denominamos a veces, nadamos contracorriente en una sociedad que no entiende por completo la naturaleza de nuestro trabajo y menos aún lo valora.

Ante esta realidad, la única reacción posible de nuestra parte es seguir nadando contracorriente. Más aún, con firmeza y creatividad, estamos llamados a buscar estrategias que permitan mostrar que nuestras disciplinas, como su denominación lo indica, están íntimamente ligadas a la vida de los hombres y de las mujeres. No en vano, la filósofa Martha Nussbaum sostiene que el cultivo de las humanidades es una herramienta para el desarrollo de habilidades cruciales para la convivencia social y política. Entre varias que Nussbaum menciona, quisiera resaltar el espíritu crítico y la disposición a examinar los juicios propios; la empatía o la capacidad de “ponerse en los zapatos” de sujetos diametralmente opuestos; el aprovechamiento del arte como un medio para manifestar afirmativamente pensamientos, sentimientos y emociones.[2]

En la línea de lo dicho, quisiera destacar dos aspectos que, a mi entender, pueden ilustrar cómo la formación humanista, por la que apuesta la Universidad Católica, es provechosa para nuestro tiempo: 1) el espíritu crítico como apertura al diálogo y 2) la empatía como oportunidad de forjar una comunidad inclusiva y fraterna.

Iniciemos con el espíritu crítico como apertura al diálogo. Sin duda, es difícil entender y compartir las posiciones opuestas a las nuestras. Sin embargo, es igual de innegable que el encuentro con el otro y la discrepancia enseñan mucho. En este último ingrediente, radica la naturaleza del diálogo: en buscar la verdad sin perder consciencia de que hay muchas formas de aproximarse a ella. En ese sentido, la formación en Humanidades invita constantemente a repensar los supuestos propios, porque nada resulta obvio y se debe dar razón de todo cuanto se dice; pero, también, el diálogo es oportunidad para escuchar con atención al otro, tomarlo en serio, entender su lógica y alcanzar entendimientos. En suma, quien acepta ser examinado, al estilo socrático, con respecto a sus propias creencias estará en mejores condiciones para “tender puentes” y llegar a consensos que promuevan el avance científico, la práctica democrática y la convivencia social.

En ese sentido, el encuentro entre la fe y la razón, que se fomenta en nuestra Universidad, es ejemplo de una de las muchas dimensiones donde el espíritu crítico abre al diálogo. En concreto, el autocuestionamiento y la escucha de la crítica ajena me ayudaron a profundizar y fortalecer mi experiencia religiosa. A la luz de muchas conversaciones y de los cursos de Teología, logré entender y vivir mi fe católica y mi práctica cristiana desde la óptica de un Evangelio que, atento y crítico de su contexto histórico, anuncia a un Dios de vida que anhela construir un reino de paz y justicia para todos y todas. Esta mirada me ha abierto la posibilidad de dialogar con creyentes y no creyentes con apertura, teniendo claro que más gano acercándome al otro que condenándolo.

Ahora bien, abordaré el aspecto de la empatía como un mecanismo para forjar una comunidad inclusiva y fraterna. Ser empático es ser capaz de  imaginarme pensando, sintiendo y actuando como él otro lo haría. Sin duda, poner eso en práctica abre la posiblidad de valorar la diversidad como una oportunidad de enriquecimiento y no como un problema. Solamente si soy capaz de reconocer que cualquier sujeto, por más diferencias que tenga conmigo, es una persona con la misma dignidad que la mía, entonces podré estar dispuesto a aceptar que es parte de la comunidad humana y que, también, tiene derecho a una vida feliz. Esa convicción, en muchos casos, puede ser ocasión para incorporar al “extraño” en los espacios comunitarios más íntimos, aquellos vinculados con los afectos. En síntesis, todo lo dicho apunta a que, cuando una persona es capaz de reconocer que el otro tiene algo en común con ella, es posible estrechar las manos y forjar un espacio donde todos seamos tratados en igualdad de condiciones.

Creo que nadie me negará que la vida se disfruta mejor en comunidad. Esto lo he sentido con claridad durante mis años en la Facultad, ya que he tenido la suerte de pertenecer a una especialidad integrada por personas diversas y complejas. Las clases y el intercambio académico, el espíritu festivo y el juego, el compartir como amigos me abrieron la posibilidad de ver en mis compañeros historiadores a personas diferentes, pero sumamente valiosas. En otro contexto, quizás no me hubiera detenido a hablarles a varios de ellos. Sin embargo, el descubrir que compartimos un vínculo común, abrió la posibilidad al goce de la vida, a la fraternidad, a la amistad. Lo mismo podría decir del contacto con los estudiantes de otras especialidades, pero creo que ya es tiempo de ir concluyendo.

Si tuviera que recapitular algo, solo me quedaría con una idea: la formación en Humanidades es un componente valioso para nuestra sociedad y nuestro tiempo. Quienes hoy egresamos de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas debemos sentirnos orgullosos no solo de haber sido formados en este espíritu humanista, sino de ser sus principales emisarios. A partir de lo dicho, termino firmemente convencido de que tenemos una gran responsabilidad social: poner nuestro ejercicio profesional, nuestra reflexión académica y nuestra creatividad a disposición de una sociedad que necesita recordar que el centro de cualquier proyecto político, económico o social es el bienestar de los hombres y las mujeres.

Desde mi punto de vista, la meta del proyecto humanista es la construcción de una comunidad humana donde prime la verdad, la justicia, la libertad y la felicidad para todos y todas. En esa línea, “humanizar” a la sociedad es nuestro mayor desafío. Solo en la medida en que asumamos esta responsabilidad y trabajemos en su realización, es que podremos honrar nuestra formación y hacerla fructífera. En definitiva, dedicar la vida a amar y servir a este proyecto vale la pena.

 

 

 

 

 

 



 

 

[1] Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, numeral 2.

 

 

 

 

 

 

 

[2] Martha Nussbaum. Cultivating Humanity: classical defense of reform in liberal education. Massachussetts: Harvard University Press, 1997.

 

 

 

 

 

 

 

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