EN EL CORAZÓN DE LA MONTAÑA

Charlando con Leonardo Torres Vilar

 

Eduardo Marchena Siverio

Imágenes de Ricardo Campaña Wissar

 


Bajo la piel del ingeniero Echecopar, rol protagónico de Collacocha, Leonardo Torres Vilar vuelve a las tablas del Teatro La Plaza integrado a un elenco de primera línea bajo la dirección de Rómulo Assereto. La obra, una de las más célebres de la dramaturgia peruana, explora el  insospechado punto de intersección entre la razón, la pasión y la vanidad en medio un contexto en el cual los límites de la condición humana son puestos a prueba ante la furia de naturaleza.


Apenas ponemos los pies en el escenario, sentimos los relieves que reproducen un suelo de  tierra pedregosa. Las paredes del interior del socavón recreado tienen residuos de lo que parece ser roca triturada. Nada hay en el entorno que no nos remita al mundo de Echecopar...     

Si tuvieras que definir a tu personaje en una sola palabra, ¿cuál elegirías?

Humano…

Ahora, en la cantidad que quieras, descríbemelo…

¡Echecopar es un ser humano! Es un ser humano que debe luchar contra sí mismo, que es lo que hacemos todos los seres humanos. Tenemos una sensibilidad particular, pero no podemos salir al mundo con ella. La tapamos y disfrazamos con dureza o pragmatismo, lo que la mayoría de la gente hace. No desnudamos nuestra alma. Echecopar también evita hacer eso. Se disfraza del “ingeniero fuerte”. Pero, como es humano, va a cometer errores. Collacocha trata de eso, lo que hace la gente para lidiar con sus propios errores o los errores de otros.

Su dureza es como un mecanismo de defensa, una coraza con la que lidia con el mundo…

En principio, sí, una coraza. Ustedes han visto apenas veinte minutos de la obra. En realidad, él lidia con el mundo de maneras distintas. También siente miedo, arrepentimiento, se cuestiona terriblemente lo que hace. En realidad, esperamos que sea el público el que se cuestione, si lo que está haciendo está bien o mal y qué tenemos que hacer.

¿Dirías que hay vanidad en el personaje y en su proyecto de unir la selva con la costa atravesando el macizo montañoso andino?

Absolutamente. En realidad todos somos vanidosos. Si hacemos algo importante, queremos que la gente lo sepa y ese es el gran error. Si queremos hacer algo grande debería ser para sentirnos bien y no para que los demás lo sepan. Si únicamente en el reconocimiento de los demás vamos a conseguir nuestra afirmación, estamos perdidos.


Algo que se podría aconsejar a ciertos aspirantes a actores…

Bueno, es un error en el que caemos todos. Cuando yo era un actor joven, también cometí errores de ese estilo y los he pagado. A los actores jóvenes, únicamente les puedo desear suerte…

¿Cuál es, en tu opinión, el rasgo característico en el estilo de trabajo de Rómulo Assereto?

Diversidad...

¿Qué tanto margen para tomar iniciativas les da a los actores?

Cualquier director sabe trabajar con lo que el actor disfruta. El director que impone algo no es la voz. Rómulo nos ha permitido trabajar, nos ha guiado hacia el fin al cual nos debía guiar.

¿Hubo alguna escena que te resultó especialmente demandante o interesante durante el proceso de los ensayos?

Bueno, yo creo que toda la obra es buena. A mí me gusta la relación entre los personajes que proponen caminos distintos, lo que hace aflorar la intolerancia, otro tema que la obra ilustra.

Imagino que son momentos particularmente intensos…

Y vamos a ver qué decisiones toma, porque las decisiones que toma alguien que está a cargo de un grupo son decisiones de las que tiene que “hacerse cargo”.


¿Dirías que hay algo de crítica social en el libreto y, de ser así, dirías que ello contribuye a la propuesta estética de la obra?

Creo que tu pregunta es muy complicada [reímos]. Hay una cuestión de originalidad estética en la producción de La Plaza y la propuesta del director.  Creo que la idea está en el hacer una cosa grandota. Normalmente, esta obra se representa en una cabañita en la que el ingeniero interactúa con los demás personajes. Aquí, como ves, han recreado el interior del socavón con detalle para resaltar la “grandeza” del tema.

Efectivamente, el escenario es imponente…

¿Cuál era la otra pregunta?

Era sobre el tema de la crítica social en el libreto…

Decir que hay una crítica social sería decir que la obra dice algo muy específicamente sobre un tema en particular. Hay un cuestionamiento que cada individuo debe resolver por su propio lado. Eso es algo que el teatro debería hacer siempre.

Tu personaje, aparentemente, sacrifica su propia vida personal por dedicarse al gran proyecto…

Yo diría que Echecopar ha fracasado en su propia vida personal y, por eso, se ha puesto la coraza. Ya no lidia con su propia vida personal, sino con este proyecto que tiene entre manos. Pero hay cuestionamientos internos sobre los hijos que no ha tenido, la familia que no llegó a formar…


¿Y, en tu carrera como actor, recuerdas algún momento en el que tuviste que tomar una decisión que implicaba sacrificar algo importante para ti a fin de lograr algún objetivo?

Estaba ensayando, en  1994, una obra teatral que me gustaba, pero me pusieron por delante un contrato para televisión. Se trataba de una telenovela, Gorrión. Me dijeron que no podía hacer las dos cosas. O hacía teatro o me metía en la televisión. Tuve que decidir en ese momento y hasta ahora no sé si tomé la decisión correcta. Me trajo sufrimiento. Al final, me decidí por la telenovela.

Independientemente del objetivo original de la obra, ¿te gustaría que esta puesta tenga algún impacto en la percepción del público sobre los conflictos actuales entre las nociones modernas de progreso y visiones más tradicionales?

Sí, absolutamente. El cuestionamiento de la obra es propio de nuestra época…

Pienso, por ejemplo, en los conflictos mineros y la percepción del público urbano sobre ellos…

Collacocha es un clásico del teatro peruano. Decía algo cuando se escribió en los cincuentas. En los noventas, decía otra cosa. Ahora, en el siglo 21, dirá otras cosas distintas.

Se habla mucho de los conflictos en la sierra, pero pareciera que nunca terminamos de entender la situación como sociedad…

Ya depende de nosotros. Yo no digo que tengas que ponerte necesariamente de un lado o de otro, pero hay que estar conscientes de lo que está pasando y tener una opinión, tu propia opinión. Para eso, primero hay que hacerse preguntas. Me parece que la juventud no se está haciendo preguntas. Está feliz sin preguntas, porque quiere hacerse la vida fácil.

¿Trabajando como profesor, sientes que has aprendido algo útil para tu propio trabajo como actor?

Sí, por supuesto, muchas cosas. Actuar es difícil más allá de la adquisición de técnicas para actuar. La técnica tiene que ver con tus propias emociones, con tu propio ser. Es como quitarse la ropa sobre el escenario, algo que no cualquiera puede hacer. Es complicado para la gente revelar su verdadero yo, pero también es satisfactorio ver cómo el alumno lo logra. Me siento bien cuando un alumno descubre que el teatro es algo mucho más profundo y distinto de lo que creía que era y se le abre todo un panorama.


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