El murmullo continuo de la ciudad

A propósito de Las Tres Viudas, de Manuel Ascencio Segura, obra dirigida por Carlos Galiano que nos hace resignificar el imaginario social desde una perspectiva histórica          

 

Verónica Venturo

Imágenes de Ricardo Campana Wissar

 

Mientras en las calles de Lima se celebra con entusiasmo el centenario de la independencia, en el interior de un hogar de clase media se vive una atmósfera opresiva para las mujeres, en la que el matrimonio arreglado constituye el centro de sus intereses y también de sus limitadas esperanzas de transformación y progreso. Irónicamente, frente a la impotencia de la falta de oportunidades, se despliegan acciones que muestran el juego de las falsas apariencias a través del intercambio lúdico de la comedia, que es permitido por un lenguaje rítmico de diálogos en verso. El trabajo de Carlos Galiano apunta a desarrollar una versión espejo de la realidad actual, es decir, que a pesar de contextualizar la obra casi cien años atrás, los temas elegidos por el autor se ven enriquecidos por escenas nuevas, que a su vez le dan un carácter críticamente vigente a propósito de la inminencia del bicentenario de la independencia.

La obra transcurre a partir de la negativa de Micaela (Gisela Ponce) de casarse con Don Melitón (Carlos Tuccio), pues al encontrarse viuda después de vivir la nefasta experiencia de un matrimonio arreglado para complacer a su madre Martina (Sofía Rocha) y obtener su aprobación, no le queda ninguna voluntad de casarse con un segundo anciano. A partir de ahí, se despliega una clara intención de optar por el amor y no solo por la seguridad o estabilidad que aparentemente trae el dinero de los hombres.

El problema surge cuando Don Pablo (Christian Ysla), el candidato elegido, resulta ser un manipulador con gran experiencia para usar la ingenuidad de las mujeres que conoce a su favor. Y es Clara (Jimena Lindo), la mejor amiga de Micaela, quien intenta ponerla sobre aviso, pero sus intenciones son tomadas de la peor manera, y ella reducida a una entidad basada en prejuicios que la fuerza de su sexualidad arrastra.


Son los celos, la envidia y la propia inseguridad de su situación las que empujan a las tres viudas a tomar decisiones superficialmente egoístas, pero que en el fondo cargan un objetivo de auto preservación en medio del control patriarcal. Ellas son víctimas de las circunstancias, pero también victimarias de quien pueden controlar y dominar.

La dominación no se muestra de manera violenta entre los personajes de la misma clase. Entre ellos conversan y replican ingeniosamente, se rechazan con gracia, se insultan con creatividad, y hasta se permiten, en momentos de soledad o asilamiento, la oportunidad de cantar sus penas. Se apuesta por una versión musicalizada de la historia, como quien encuentra compatibilidad entre la fiesta externa de las calles y el carnaval interno de las emociones. Y, en ocasiones, podemos escuchar sus verdaderas intenciones y deseos no revelados a los demás personajes, pero sí al público a través de la ruptura constante de la cuarta pared, como uno de los aspectos más fieles a la obra original.

La versatilidad que despliega la obra en los maravillosos intermedios, con música y canto en vivo, realmente logra cautivar y generar una atmósfera de costumbrismo, como si pudiéramos trasladarnos a la segunda década del s. XX y compartir sus experiencias. En este caso, no funcionan exclusivamente como un elemento gratuito del espectáculo, sino que  realzan los momentos de tensión de la historia, como ocurre con el personaje de Juana (Stephanie Orué) al final del primer acto, que canta amargamente por la discriminación racista que ha tenido que sufrir en una sociedad que niega y rebaja su identidad.

Es precisamente ese contraste entre el acto formal y la vida cotidiana -las fechas solemnes que conmemoran la libertad, pero sirven para ocultar las desigualdades, las injusticias conviviendo con la hipocresía; tan cerca y lejos a la vez, tan fácil de moverse en ambos espacios- el que puede percibirse del juego decorativo de puertas y ventanas en constante movimiento, es decir, la dinámica entre la esfera pública y la vida privada.

Las actuaciones son potentes y se ven realzadas con elementos propios de la adaptación, como el carácter erotizado de la interacción entre Micaela y Pablo, o el acercamiento de Pablo hacia Martina por medio del alcohol logrando un juego intenso bajo las faldas. Pero también son potentes por la visibilización de la vida privada de los criados y las posibilidades eróticas que brinda compartir los miedos e inseguridades, la desconfianza hacia el sistema y la aceptación de la corrupción de las autoridades que trae con ella el abuso y la explotación.


La obra inicia con una mirada fría y realista del cuerpo de la mujer como medio económico para la movilidad social, pero progresivamente se abren las puertas y ventanas. Se nota la búsqueda de identidad de las mujeres, de un lugar propio, de la necesidad de tomar decisiones, de elegir el propio camino, de optar por la honestidad. Y si eso implica cambiar la visión conservadora del matrimonio y de los constreñimientos sociales para las mujeres, vale la pena como un objetivo en sí mismo.

Destacan las actuaciones de Sofía Rocha, Jimena Lindo, Carlos Tuccio; y en la performance de canto, Christian Ysla, Stephanie Orué, Gisela Ponce; así como el consistente y preciso baile de Pierr Padilla como muestra de contraataque al poder abusivo del hombre sin escrúpulos. La cita es en el Teatro Pirandello (Av. Petir Thouars cuadra 10), del 16 de Febrero al 13 de Marzo 2017.

 

 

 

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