REGRESO AL INFIERNO

A propósito del estreno de Savia, segunda entrega del autor de La cautiva, en el Teatro La Plaza

 

Eduardo Marchena Siverio

Imágenes del Teatro La Plaza

 

 

Mientras el gobierno de Juan Velasco Alvarado inicia a marcha forzada una reforma que cambiará para siempre al país, un anciano agoniza junto con una época nefasta cuyas heridas parecen destinadas a jamás cerrarse por completo. Pasó su vida, como muchos otros de su clase social, enriqueciéndose con la explotación a gran escala del caucho (más precisamente, la explotación genocida de la población amazónica). Su nombre es Jesús y su historia es, a la vez, la historia de una nación descuartizada por su propia y enfermiza obsesión por la modernidad.

 

En la soledad de una pequeña habitación, en algún lugar de una Lima cada vez más reducida a un difuso recuerdo, sin más compañía que su cuidadora, Jesús entremezcla su nostalgia por su pasado en la selva con delirios en los que asoman ecos de sus más oscuros secretos. A su alrededor, merodean las almas de tres mujeres que regresan del inframundo para recuperar lo que él les arrebató, sus propias cabezas mutiladas. Para lograrlo, tienen que purgarlo antes de su partida al infierno, pero la muerte baila a su alrededor y ya muy pocas respiraciones le quedan.

 

A veces, quieren matarlo, dejar de contar las respiraciones que le quedan y simplemente tomar venganza de una vez por todas, pero saben que así únicamente lograrán condenarse junto con él sin poder recuperar jamás sus cabezas. Deben obligarlo a recordar, a revivir el horror y a la vez volver a sufrir aquello que padecieron en vida, pues cada remembranza es una nueva oportunidad para purgarlo, pero no es fácil. Jesús parece intuir quiénes son y lo que quieren. Parece temer más a sus propias víctimas que a la muerte misma y se resiste con todas las fuerzas que le quedan. Lo más aterrador es que él nunca deja de ser “humano”, en especial, cada vez que el espíritu de su madre pasa a visitarlo. Ella lo amó, él la ama y aterra un poco más saber que el humano nunca deje de ser un monstruo. Es él quien ultraja los cuerpos a los que somete y destroza a los que no logra someter, quien juega a ser Dios para “mejorar la raza” en nombre de la nación cuya bandera hace ondear con arrogancia.

 

La puesta en escena se orienta a resaltar que la modernidad y la superstición pueden coexistir en una perturbadora armonía. Entre la cama clínica y el televisor, cuelga una cabeza de cerdo que Jesús se empecina en usar de amuleto contra sus enemigos. Un cortinaje hace las veces de paredes que no cubren del todo el espacio deja vacíos por los cuales se cuelan las ánimas de las decapitadas cuyos cabellos les cubren permanentemente el rostro. Sobre cada rostro, se colocan máscaras cada vez que la historia parece intentar recordarnos la falsedad de una civilización que pretende negar los pecados cometidos bajo la careta de un progreso tan falso como la nación construida sobre esa farsa. La proyección de diversas escenas clave de la convulsa historia contemporánea desafían la distancia geográfica y temporal, como recordándonos que la insania de la violencia en nombre de una nación puede surgir en cualquier época y espacio, que nadie está realmente libre de ella.

 

Leonardo Torres Villar, bajo la piel de Jesús en dos momentos claves de su existencia (joven explotador y viejo moribundo) comparte roles con Fiorella De Ferrari (su madre), Patricia Barreto (enfermera de Jesús), Lucho Sandoval (la muerte) Ricardo Velásquez (Doctor Dupeyron) y Antonieta Pari (Mama Rosa,  mujer indígena cuya savia bebió cuando pequeño). Cindy Díaz, Alejandra Bouroncle y Evelyn Allauca conforman el trío de almas atormentadas que completa decisivamente la acción del elenco.

 

“El genocidio indígena se realizó con la anuencia del Estado. Como sucede en el Perú la mayoría de las veces, los culpables nunca fueron sentenciados. Julio César Arana, quien sirvió de modelo para la creación del personaje principal, es visto por muchos peruanos, hasta hoy, como un ciudadano honorable. Cuando no hay sanción, no hay reflexión, no hay cura”

 

Luis Alberto León

 

 

La cita es desde el 17 de octubre en el Teatro La Plaza de Larcomar, de jueves a martes a las 8 pm (domingos a las 7 pm). Entradas a la venta en Teleticket y en la boletería del teatro.

 

 

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